"En el amor, en la cárcel o en el hospital, recordemos que afuera hay otros mundos".

Adolfo Bioy Casares




Circunstancias

Me despedí de F. en el mismo lugar donde nos conocimos: una terminal de autobuses.

Antes de conocerlo pasaron varias cosas, si una de ellas se hubiera alterado un poco, quizá esta historia nunca existiría.

Yo entré al país de F. por una provincia en la que pasé muy poco tiempo y la capital quedaba a unas 3 o 4 horas. Yo estaba con espíritu aventurero y pensé en llegar a la capital pidiendo ride. Sonaba muy bien ese plan hasta que reparé en las numerosas advertencias de las personas en las cuales me decían que la capital era un lugar inseguro y, ya que me encontraba viajando sola, lo mejor era que tomara un autobús para llegar a mi destino. 
Estuve pensando en la hora de salida del autobús, pero terminé por decidir que partiría a una hora que me permitiera llegar a la capital antes de que se ocultara el sol, pues ya tenía miedo por lo que las personas me dijeron.
En la capital vive un amigo mío el cual me dio su dirección pero yo no tenía la mínima idea de cómo llegar ahí. Durante los días anteriores a mi llegada él me escribió cambiando la hora en la que nos encontraríamos. Yo necesitaba internet para comunicarme con él. Se supone que el autobús en el que viajaría tenía internet, pero nunca tuve señal.
Llegué a la capital muerta de miedo por todo lo que me habían dicho y, en mi búsqueda de internet, lo primero que hice fue entrar a la terminal a refugiarme. Fui a sentarme a la primer banca que hallé vacía y saqué mi computadora para buscar red (¿quién carajos viaja con su computadora?). Al no encontrar red miré hacia la banca de enfrente y ahí estaban una señora con su hija, supongo que esperando a alguien, pero ninguna de las dos tenían dispositivos móviles, así que pensé que no serviría de mucho hablarles. No sabía qué hacer y se me ocurrió girar hacia mi derecha y, ahí detrás de mí, estaba un sujeto sentado mirando su móvil bastante entretenido y deduje que él tendría internet y que quizá podría ayudarme. Además de eso, él tenía un perfil muy lindo y eso me intimidó un poco, por lo que dudé en hablarle, pero necesitaba internet en ese momento y sólo reparé en preguntarle si tenía alguna clave wi-fi.
El sujeto inmediatamente se puso de pie y comenzó a averiguar dónde encontrar red lo cual me pareció un tanto extraño, ya que este tipo en cuestión se mostró bastante entusiasmado y desapareció. Yo pensé que buscar internet era un caso perdido y que aquel sujeto nunca volvería. En menos de 5 minutos el tipo volvió diciéndome que había encontrado wi-fi gratuito en el área de comida de la terminal, la cual se encontraba en la parte de arriba del edificio. Hasta ese momento me di cuenta de que ese lugar no sólo era una terminal de autobuses, también era un centro comercial. El tipo notó que yo tenía un acento diferente al suyo y se quedó charlando conmigo un rato hasta que le pedí que me llevara a aquella área de comida. Él me pareció una persona demasiado servicial como para ser verdad. En general la gente de su país es muy amable, pero él era DEMASIADO amable, lo cual me hizo desconfiar bastante de él. Me mantuve a la defensiva incluso cuando él se ofreció a cargar mi mochila, claro que no me porté grosera con él como suelo serlo, además él era un tipo muy lindo y, pese a mi suspicacia, él me pareció una persona muy agradable. Nos sentamos en una mesa y yo hice labor de tratar de comunicarme con mi amigo mientras él comenzó a hablarme de su familia y de su trabajo. Sacó el mismo móvil con el que lo vi y marcó a un número: le marcó a su hermano y me pasó con él, no entendí por qué hizo eso pero hablé muy poco con su hermano ya que no entendía su acento por teléfono. 
Le dije a este sujeto que estaba buscando una dirección (la de mi amigo) y se ofreció a acompañarme, pero antes de eso él me compró un helado hecho con una fruta cuyo nombre no había escuchado antes, pero sabía muy bien, tampoco entendí por qué me compró el helado pero se lo agradecí.
Él nuevamente se ofreció a cargar mi mochila y yo toda recelosa accedí, salimos de la terminal y caminamos por la avenida principal de esa ciudad. Honestamente yo estaba esperando el momento en el que él se soltara a correr con mi mochila y nunca volver a saber de él ni de mis objetos personales, pues casi toda mi vida estaba compactada en esa mochila de 70 litros. Pero no fue así. Durante toda la caminata me habló de él, de su familia y de su ciudad hasta que finalmente llegamos a casa de mi amigo y esperó conmigo hasta que mi amigo llegó. Fue grande su sorpresa al ver que llegué con alguien, pero le aclaré que conocí de horas atrás a aquel sujeto y que además se tomó la molestia de ayudarme a llegar a la casa. Me despedí de ese tipo y, antes de irse, me dejó una tarjeta con su nombre, teléfono e email. Se llamaba F.

Durante mi estancia en ese país pasé la mayor parte del tiempo con F., supe su vida entera caminando con él por las calles de la ciudad, comimos y reímos juntos hasta aquella noche en la que me robó un beso sentados en la banca de un parque solitario y tranquilo. A partir de esa noche caminamos junto al mar tomados de la mano, conocí todo su entorno: sus padres, sus vecinos, sus amigos, su casa, su vecindario. Conocí lugares de ese país que yo desconocía. Cuando ya no pude quedarme más con mi amigo por cuestiones de logística, F. procuró que cada día que pasara no me faltara ni techo, ni comida ni comunicación. Hasta hoy sigo pregúntandome por qué F. fue tan generoso conmigo.
Recuerdo una madrugada en la que estábamos todos los amigos de F. y yo afuera de un auto a orillas del mar, las luces de los edificios se reflejaban en las ondas del mar, escuchábamos música y charlábamos de todos los temas habidos y por haber, pero sobre todo recuerdo con frecuencia ese momento cuando F. me tomó de la mano e intentó bailar conmigo, porque ni él y yo no sabemos bailar, pero eso no importaba en ese momento: nada se compara con pasar un rato junto al tranquilo oleaje del mar en medio de la madrugada a la luz de una ciudad durmiente.
Fue tan breve mi estancia en ese país que nunca hubo cabida a los celos, ni a los reclamos ni a encontrar defectos en alguien tan imperfecto como F. Esa brevedad hizo que apreciara cada momento a lado de F. a orillas del mar, en la ciudad, en la playa tomando el sol o hablándonos sin hablar en la parte trasera de un auto en un pueblo cuyo nombre yo no conocía, tratando de descifrar qué significaba ese apodo que me decía y que sólo en su país se usa. Disfruté ese domingo en casa de su mejor amigo comiendo ese platillo típico de su país y cuya receta he tratado de reproducir sin éxito, qué importa ahora, estuve haciendo lo que hace una típica familia de ese país los domingos. No pude sentirme más bienvenida que en esa ocasión.

F. y sus mejores amigos me acompañaron a la terminal de autobuses para irme de aquel país. Creo que estaba implícito que ese ciclo ya estaba cerrándose al despedirme de F. en el mismo lugar donde comenzó todo. No había reparado en ello hasta meses después, cuando yo estaba en mi país en una terminal de autobuses.

Mi piel se eriza al pensar en todas esas situaciones que acontecieron antes de que yo me atreviera a hablarle a F. y en que, si una de esas situaciones se hubiera alterado un poco, esta historia no existiría.
Si hubiera tenido valor de pedir ride para llegar a la capital, yo habría llegado a un punto de la ciudad muy lejos de la terminal, pero no fue así y decidí tomar un autobús.
Si yo hubiera elegido un horario de autobús para llegar después de oscurecer, yo habría llegado a la terminal horas después de que F. se hubiera ido de ahí, pero no fue así y llegué antes del atardecer.
Si el autobús en el que yo viajaba hubiera tenido internet, yo no habría tenido necesidad de entrar a la terminal a buscar wi-fi, pero no fue así y ese día la señal falló.
Si la banca en la que me senté en la terminal hubiera estado llena, habría buscado otra en el extremo contrario de la terminal, pero no fue sí y me senté en la primera banca que vi.
Si la señora y su hija que estaban sentadas frente a mí hubieran tenido teléfonos móviles modernos, les habría hablado para pedirles internet, pero no fue así y jamás les hablé.
Si se me hubiera ocurrido la idea de mirar hacia otro lado buscando internet, probablemente yo le habría hablado a otra persona, pero no fue así y decidí girar hacia mi derecha.
Fue ese el momento en el que dudé en hablarle lo que cambió todo. Si su perfil tan hermoso me hubiera intimidado lo suficiente, hubiera bastado ese instante para no hablarle. Entonces él se habría levantado de la banca y se hubiera ido a su casa sin ninguna novedad. Yo de todas maneras regresaría a la terminal los días siguientes a cambiar dinero, entonces él y yo quizá nos habríamos encontrado ahí cada quien haciendo lo suyo sin notar la existencia del otro. Pero no fue así: llegué a esa banca en el momento exacto en el que F. estaba terminando de trabajar y le hablé segundos antes de que él se levantara para irse a casa.

A pesar de que ese ciclo se cerró en ese adiós, siento que nunca terminaré de agradecerle todo lo que hizo por mi desde el momento en que nos conocimos hasta esa noche de nuestra despedida. Desde entonces le escribo una postal de cada país al que voy. A veces me responde, a veces no. Hace mucho que no sé de él.

De todo eso sólo conservo una bandera que él me obsequió, dinero de ese país y todos estos pensamientos que me remontan a esos atardeceres y madrugadas junto al mar pero por sobre todas las cosas, tengo siempre presente el recuerdo sus ojos verdes.

Si una de esas situaciones se hubiera alterado un poco, mi historia en ese país habría sido muy distinta.

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