"En el amor, en la cárcel o en el hospital, recordemos que afuera hay otros mundos".

Adolfo Bioy Casares




Descanso

Hay un dicho que dice "a buen sueño no hay mal petate". Piensen en todas esas ocasiones en las que terminaron muertos de sueño por cansancio, estrés, llorar mucho, no dormir una noche, etc. En esas situaciones hasta el suelo, el asiento del colectivo, una banca, el hombro de un amigo o la cosa más inverosímil y poco ortopédica les ha resultado la más cómoda almohada, ¿les ha pasado? Sí, yo sé que sí. A mí también.

La última que vez que fui a La Habana, estuve muy lejos del centro, muy lejos de todos esos hostales bonitos, calles empedradas y edificios coloniales color pastel. Estuve de contrabando en un municipio de La Habana, uno que tenía casi el mismo nombre que yo: Marianao. Sabía que quedarme ilegalmente en una casa común significaba renunciar a toda clase de comodidades como el aire acondicionado en pleno verano, al agua caliente e incluso el papel higiénico. Durante los días siguientes dormí a la merced de los mosquitos y de hormigas que me mordían. Malditas hormigas, se comieron mi suéter buscando el dulce de maní que dejé en el bolsillo derecho.

Así como lo describo suena como a toda una pesadilla, pero fue todo lo contrario: en Cuba dormí y descansé como nunca. Caminé tanto por el malecón, me fui de juerga cada noche y caminé hacia el mar que encontré cobijo y descanso en una cama vieja, una cama inflable que en realidad estaba  tan desinflada que sentía el piso, dormí el piso y lo único que había entre el piso y mi cuerpo era una sábana, dormí en una de esas sillas que había en una playa artificial que pusieron en el Malecón por la BIENAL de este año, también me dormí en el colectivo y cuando desperté para bajar muchos pensaban que estaba ebria. En todos esos lugares siempre encontré descanso y despertaba recordando mis sueños.

Una santera me leyó la mano y entre las muchas cosas que me dijo (todas acertadas) hubo una que me ha acechado por años, me dijo "tú nunca has podido dormir bien y no puedes recordar tus sueños". Esa mujer me recomendó poner debajo de mi cama un vaso con agua para poder soñar. Me dejó muy pasmada con las cosas que me dijo en su lectura que pensé "¿por qué carajos no intentarlo? He visto muchas cosas de esta religión que ya me están haciendo dudar". 
Horas antes de partir de Cuba estaba haciendo mi maleta y un objeto mío cayó al piso, cuando me incliné para levantarlo descubrí algo: debajo de esa cama incómoda estaba un vaso con agua.

Lo irónico del caso es que aunque volví a la comodidad de mi hogar, al agua caliente, al papel higiénico, a la comida abundante y a la suavidad y extensión de mi cama no he podido descansar ni recuperar ese sueño tan tranquilo que tuve allá. Hoy tampoco, son más de las 4 de la mañana y sigo esperando a que venga por mí el sueño. Volví con el espíritu quebrantado.

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Cuando ustedes se acuestan cansados/as apagan la luz y se vuelven de cara a la pared. Yo siempre he tenido encendida la luz de mi alcoba. Sólo conozco el color del muro en las madrugadas.

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