"En el amor, en la cárcel o en el hospital, recordemos que afuera hay otros mundos".

Adolfo Bioy Casares




Quisiera verte otra vez

"El ciego mueve su blanco bastón como tomando la temperatura de la indiferencia humana."
Ramón Gómez de la Serna. Greguerías.


Aún recuerdo aquellos pequeños detalles que pasaron desapercibidos para tí, pero que se han fijado en mi mente a pesar de los años. Detalles como aquella tarde en que caminamos por una calle empedrada que exhalaba el aroma de la lluvia recién caída, que formaba pequeños charcos en los cuales tu reflejo se tornaba borroso con cada pisada que dabas, ¿lo recuerdas? Fue la misma tarde en que un auto te empapó de pies a cabeza para evitar que fuera yo quien recibiera tal baño. También recuerdo aquella tarde en que quedaste dormido sobre el pasto de un campo lejano, donde apenas se percibía el murmullo de la ciudad. Sé que nunca te han gustado los campos ni la vida campirana, y menos desde aquella vez que por impresionarme casi fuiste atacado por 5 abejas que se asustaron ante tu presencia. Nunca te ha gustado el ritmo de vida tan lento que se vive en esos lugares. En cambio a mí sí, me gusta escuchar cómo el viento pasa a través del pirúl en aquellas tardes mientras todo mundo se encuentra comiendo o durmiendo una siesta, dejan que el viento haga de las suyas secando ropa recién lavada, asustando animales, arrancando flores delicadas, levantando faldas y llevándose sombreros. Sí, a mí me gustaba ver eso desde mi ventana.
Disfruté muchas veces caminar contigo a las 3 de la mañana por el centro histórico, viendo la iluminación de los edificios coloniales y respirando la quietud de la ciudad, temiendo encontrarnos en cada esquina a algún malandrín pretendiendo hacer de las suyas, despojándonos de alguna pertenencia, pero me dijiste que no temiera. Y no temía después de escuchar la seguridad de tus palabras. Durante varias noches caminamos por esas calles vestidas de antaño, pero conservo más aquellas noches en que en la catedral sonaban las campanas que anunciaban la medianoche, que era la hora en que decidía si irme o quedarme contigo, pero siempre me quedé. 
¿Recuerdas aquella ocasión en que nos quedamos horas enteras afuera de un café hablando de lo que queríamos hacer en un futuro? Nos quedamos tan enfrascados en la charla que olvidamos que íbamos a tomar un café y no reparamos en que los meseros estaban escuchando nuestra conversación y reían de lo que nosotros nos contábamos, de nuestros chistes, de nuestras anécdotas. Les agradó tanto nuestra charla tan animada que nos invitaron el café y ese día entablamos amistad con muchos de esos meseros y hasta con el dueño del café.
Eras -y sigues siendo- muy orgulloso, nunca quisiste la ayuda de nadie, pero nunca fuiste bueno en biología y yo te ayudé a estudiar horas enteras hasta que aprobaste tus exámenes, a cambio de ello me ayudaste a apreciar el sonido y me enseñaste las consecuencias que las ondas sonoras ejercían sobre la harina espolvoreada sobre un tambor, figuras muy complejas que se formaban a raíz del sonido. Me dijiste que el sonido no es sonido, son vibraciones que van a través del aire. Me enseñaste que la música puede tener colores, sabores, olores y emociones. "Son disparates de musicólogos", decía yo antes de conocerte, pero me demostraste que la disparatada era yo por dudar de la ciencia del sonido. Muchas veces te negaste a levantarme cuando me caía, me decías que para ser fuerte había que enfrentarse a los obstáculos, entre más grandes se presentaban, más fuerte me haría. Tenías la teoría de que entre más duro te portaras con una persona, más fuerte la ibas haciendo. Nunca entendí por qué eras así, tan frío a veces, tan distante. Tampoco entendí por qué te fuiste de así pronto. Tampoco supe en qué momento dejaste de quererme, siempre fuiste frío, pero yo sabía que así era tu carácter y poco a poco me acostumbré a él. Un día desapareciste sin decirme siquiera "ya no te quiero", pero entendí tus razones aquel día que te vi tomado de la mano de otra persona, ese día yo iba en un auto encaminándome a mi destino, y tú... no sé hacia dónde ibas, siempre caminamos siguiendo rumbos distintos.
Esa tarde llegué casa con el corazón hecho añicos, pero no pude derramar una sola lágrima. Me senté junto a la ventana y esperé, ¿qué? No lo sé. 

Hoy me senté una vez más frente a la ventana. Sé que frente a mí estaba aquel paisaje que te describí una vez: el atardecer que cubría las colinas con sus últimos rayos dorados, mientras que en la plaza los niños elevaban los cometas que surcaban el azul del cielo, y una bandada de aves eclipsaba el sol y pasaban a través de los cometas. Esa ocasión fingiste interés por lo que te contaba. Nunca pudiste fingir bien, pero me gustaba descubrir cuando mentías. ¿Por qué nunca pude descubrir que te ibas?
Yo estaba segura de que esa escena se repetía una vez más porque sentía la ligera calidez del sol, esa calidez que sólo se siente al momento del declinar del día; los niños en la plaza no dejaban de gritar "¡Mi cometa está más arriba que el tuyo!"; y justo en ese instante oí el trino de los pájaros que seguramente pasaban frente a mi ventana, y minutos después el viento comenzó a soplar una fría brisa que a su vez anunciaba que la oscuridad se estaba adueñando del cielo. 

¿Por qué nunca quisiste aceptar la ayuda de otros? ¿Por qué poco a poco dejaste de ayudarme?
Hoy necesité tu ayuda más que nunca.

Jamás entendiste por qué me gustaba ver con detenimiento cada cosa que atravesaba nuestro camino, creías que me fijaba en lo superficial, pero yo quería conservar en mi memoria la esencia de todo aquello que nos rodeaba; yo quería conservar íntegra en mi mente los colores, las texturas y las formas de aquellos lugares que conocía, y ver horas enteras las fotografías de lugares nunca iba a conocer. Yo quería que aprendieras a apreciar cada detalle y conocer su valor, para que pudieras describir todo aquello que ya no iba a ver, porque aunque tú nunca lo supiste, yo estaba quedándome ciega.

1 comentarios:

Jacqueline Matamoros dijo...

Quizá, si no me hubieras mencionado a Amparo Dávila, me habría tardado en encontrar la relación. Parece carta, pero me gustan tus descripciones, tus pírules y tus cafés. :)

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"Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aún la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotes sin pasado."

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