"En el amor, en la cárcel o en el hospital, recordemos que afuera hay otros mundos".

Adolfo Bioy Casares




Hija del mar

Cuando era niña miraba al atardecer a los aviones eclipsando el sol, entonces me preguntaba qué se sentiría estar en uno de ello o si podría ver mi casa desde ahí. Pensé lo mismo el día en que finalmente subí a un avión y me acordé de mí misma a esa edad que no recuerdo con certeza pero pensé en esa niña que miraba al cielo en cada atardecer.
Viajar en avión definitivamente no es de mis sensaciones favoritas y, por mucho que he pedido estar en el asiento junto a la ventana, jamás he podido ver mi casa, ni siquiera la zona donde está.

¿Qué se sentirá estar ahí? Me hice esa pregunta durante estos años pero al ver barcos de mercancía, buques o cruceros zarpar. La primera vez que me cuestioné eso fue en La Habana, era de noche y yo estaba sentada en el malecón, las luces de La Habana apenas se reflejaban en el mar y, de la nada, salió un crucero de algún lugar y se dirigía mar adentro y quise saber cómo sería viajar en uno de ésos.
Lo más cercano a ello lo experimenté meses después de haber estado en Cuba, cuando subí a un buque que me llevó de Buenos Aires a Colonia del Sacramento, Uruguay. Nunca me he aventurado a adentrarme al mar o incluso cruzarlo. Mis pies siempre han pisado América. Mis pies nunca se han adentrado tanto a las aguas del mar porque no puedo, porque le temo al mar. La segunda vez que estuve en Cuba varios babalawos o madrinas fugaces que tuve allá me decían constantemente que tal vez yo era hija de Yemanyá y por eso debo respetar sus aguas y pedir permiso antes de poner un pie en el mar, o en el río o bajo la lluvia. Sin tener que pedir permiso, siempre he respetado y temido el poder de las aguas sin reparar a quién pertenezcan. Nunca me he adentrado tanto en el mar y en aquella ocasión del buque sólo crucé el Río de la Plata y, días después, estaba en la playa a orillas del río en Montevideo. Ahí vi los atardeceres más rojos y cálidos que hubiera imaginado y de vez en vez zarpaba un barco mercante de algún lugar: entonces me preguntaba qué se sentiría viajar en uno de ésos barcos que desaparecían en el horizonte.

Días antes de irme de Uruguay, rogaba porque ocurriera cualquier cosa que impidiera irme de ahí, lo imploraba al contemplar el reflejo del atardecer en las aguas del río.
Una noche previa a mi partida llovió tan fuerte y tan prolongado, que el paraguas que me habían prestado ya no me servía de nada y caminé por la calle bajo la lluvia corriendo el riesgo de pescar un fuerte resfriado, pero era tan agradable esa sensación del agua sobre mi cabeza, sobre mis mejillas y sobre mis piernas, que caminé sin prestar importancia ni a la lluvia, ni a la noche.

Esa lluvia tan copiosa impidió que atracara el buque que llegaría a Uruguay esa madrugada y pude prolongar mi estancia en ese país por unos días más.

Alguien en las aguas escuchó mi ruego.

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